Mostrando entradas con la etiqueta gimnasio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta gimnasio. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de junio de 2012

Under 70!


Felizzzzz porque esta mañana la balanza me devolvió un 69,9 kg. Los put*s 70 me estaban empezando a frustrar. Sé que 100 gramos es un margen un poco escueto, y que con hacer un pis menos todavía estaba en la decena anterior, pero no me importa, los voy a festejar igual! Estoy intentando no ver las cosas en términos de blanco y negro. No quiero pensar más en términos de flaca = feliz, contenta con mi cuerpo, mientras que gorda (incluyendo en descenso) = odio hacia mi persona, vergüenza, etc. El disgusto con el propio cuerpo puede servir inicialmente para tocar fondo y empezar a hacer algo al respecto, pero no puede ser el driving-force del descenso. Hay que quererse durante el descenso también. Hay que tomar las pequeñas victorias y valorarlas. Tengo que mirarme al espejo y no pensar “mierd*, cuánto que me falta”, sino “mirá, está empezando a aparecer la cintura”. Easier said than done, though. Pero bueno, tranqui, voy aprendiendo.


El fin de semana estuve muy prolija, pero tampoco tuve muchas tentaciones porque prácticamente no salí de casa. Este frío, más la lluvia, no eran exactamente propicios para actividades outdoor. Las únicas salidas que hice fueron, el viernes al teatro y el sábado a los gordos. Al programa teatro fui ya cenada, a pesar de que empezaba a las 9.10. Si no, sabía que íbamos a terminar en Las Cuartetas o alguna cosa así. Después de la obra fuimos a tomar café, y ni siquiera me comí la galletita que te dan (que se veía muy bien). El sábado fui a los gordos, y después me quedé a la gimnasia. Fue toda una revelación, porque me di cuenta qué triste que es mi estado físico. A pesar de que hace dos semanas estoy reconectándome con mi cuerpo, yendo a Pilates, mirándome un poco más, no me había dado cuento el estado de atrofiamiento que cargo. La clase que tomé era tipo para bailar cachengue (ughhh!), frente a un espejo gigante. Conclusiones a las que llegué: 1) no tengo ni un cachito de gracia para moverme, soy literalmente de madera, aún cuando le re pongo onda; 2) gordos de miles de kilos se movían con más destreza que yo; 3) a los 15 minutos no daba más, por lo tanto, todo bien con Pilates, pero necesito ejercicio aeróbico urgente. Hoy tengo la noche libre. Me avendré a ir al gimnasio? No se pierdan la respuesta, en el próximo capítulo... 




jueves, 7 de junio de 2012

Pilates reformer, ¿serás para mi?


En tren de reconectarme con mi cuerpo y buscar algún tipo de ejercicio físico que me guste, lo cual no parece ser muy fácil, decidí anotarme en pilates. Hordas de mujeres de todos los tamaños y pesos hablan por el mundo las bondades de este método, ¿así que por qué no puedo ser yo una más de ellas? No parece que ser una sílfides sea un requisito para tomar la clase, ni tampoco tener mucho estado físico, así que, what the hell…
Foto: http://karinmendez.files.wordpress.com/2012/01/pilates-reformer.jpg
Debo admitir que desde afuera y sin haberlo probado esas máquinas me parecían instrumentos medievales de tortura, pero ahora que lo hice… confirmé mi primera impresión, ja! Cómo duele, la remil put*! Será que estoy totalmente atrofiada, y que la flexibilidad corporal nunca fue mi fuerte, pero soy chotísima, y se nota. Por suerte las minas que van están más preocupadas por charlar con la instructora sobre las boludec*es más inusitadas que se les ocurran que por mirarme a mi. Ya fui dos veces y pagué todo el mes, lo cual crea una presunción de que continuaré yendo. Espero que no sea como mi abono de gimnasio, que pagué todo un año y aún así no fui más de tres veces. Veremos. Reportaré periódicamente mi evolución (o involución) (o total deserción).

Actualización de estado dietístico: BIEN. Mejorando. Ayer fui al grupo nomás, lo que me sirvió para dejarme de joder esta mañana y hacer las cosas como se deben. Llegué a la conclusión de que soy una chica estilo “todo o nada”. No puedo negociar “es una tostadita, una solita”, porque acto seguido me como toda la panera, y esa noche pido media docena de empanadas para mi sola. Así que cero harinas, cero dulce. A cortar el síndrome de abstinencia y entrar en acidosis, carajo.  

martes, 24 de enero de 2012

Todo sobre mi madre (reflexiones post atracón)


Hola, hola! Justo cuando todos pensaban que me estaba pudriendo en mi departamento como esas dos pobres viejas en Recoleta, NO, aquí escribo este post para reafirmar que sigo viva!

Qué pasó? Bueno, por supuesto, la cagué. Luego de mi último reporte, que había sido 65,4kg, me fui el fin de semana de visita a casa de mis viejos. Muchos eventos sociales, sumados al “calor materno” canalizado a través de la comida, y me puse más de un kilo en dos días. Sí, se puede ser así de animal. Ahora no me acuerdo bien, pero creo que el lunes a la mañana ese  me pesé y clavé 67.

Me puse en regla inmediatamente y ajusté el cinturón. Ese miércoles al grupo de Ravenna apenas y con lo justo llegué a denunciar un “igual”, pero al menos me hice cargo de decir que no fue un “igual” porque la dieta no está funcionando, o “no estoy tomando suficiente agua, se ve”, como dicen algunos cara-rotas. Dije que la había cagado, que ir a casa de mi vieja generalmente me trastoca todo. Y no en la forma en que cualquiera pensaría (léase, comida casera si se trata de una madre aplicada, o comida chatarra si se trata de una madre sin dotes culinarios). Por suerte no me dieron oportunidad para explayarme, porque ya estaba terminando la sesión.

Qué pasó con mi vieja? Bueno, luego de 30 años de darme el peor ejemplo del mundo en materia alimentaria (exceso de peso crónico, comida chatarra ilimitada casi como gracia, cero balance nutricional, atracones permanentes de comida, sedentarismo absoluto, problemas de auto-estima o de imagen que ni les cuento, etc) ahora resulta que adelgazó. Creo que en parte fue debido al efecto contagio que produjo en ella el hecho de que yo el año pasado bajé casi 12 o 14 kilos. En ese momento, que yo dejé de pegarme a la mierda de ejemplo suyo y tomé mi rumbo, hice un esfuerzo consciente de no dejarla inmiscuirse en mis decisiones de comida ni en mi percepción de mi imagen corporal. No quería su condicionamiento, no quería sus prejuicios, sus experiencias pasadas, ni nada de eso que impactaran sobre mi dieta. Funcionó. Y eventualmente ella se pegó a mi ejemplo y bajó, lo cual me alegró inmensamente. Pero mientras yo este año tuve mis bajones y volví a los 68-69s (cuando rondé los 62-63s), mi vieja adelgazó fuerte. Guarda, tampoco es que se convirtió en role-model, a ver… Yo luché todo el año tratando de lograr un balance, un punto medio, un equilibrio, que finalmente no encontré, pero le re puse huevo. Y hasta podría decir que en parte no estuve tan mal, porque hasta septiembre me mantuve re bien, y cuando me empecé a ir de tema, no me puse mil kilos sino que supe frenar a tiempo. Como creo que ya expliqué, también me pasó algo curioso que fue sentirme horriblemente gorda en un peso de 69, que el año pasado había marcado el comienzo de sentirme divina. Es decir, subí el estándar, ya no me voy a dejar ir como antes nunca más.  Por contraste, mi vieja tuvo una recaída de varios meses en los cuales se mandó un atracón atrás de otro, se puso de nuevo todo lo que había bajado y algo más (y hablamos de 20-25 kilos, no 5), luego de lo cual retomó y bajó. Pero volviendo al fin de semana: ella está flaca como nunca, y quiero decir nunca, en los 30 y pico años que la conozco. Mientras tanto, yo ando desmejorada y queriendo levantar cabeza. Y qué hizo: se puso a pontificar. Con el dedito en el aire decidió hablar desde la autoridad moral que sólo puede tener quien ha sido flaco 15 minutos y pretendió darme cátedra sobre cómo adelgazar. No sólo eso sino que me ofreció mi ropa de gorda que llevé a su casa y que le dije que no quería volver a usar en mi vida. Hace un año mi ropa de gorda era mi mejor ropa, que ella recibió con brazos abiertos a medida que yo iba bajando de peso y me iba quedando grande, y ella también iba bajando de peso y por primera vez entraba. Ahora esa ropa le queda grande, y me la vuelve a ofrecer a mi, la gorda que tuvo la recaída. Se le escapa la sutileza? No lo creo. Mi vieja será muchas cosas, pero no es pelotuda, y tiene años de gorda y otros tantos de psicoanálisis, así que sabe el dedo en el culo que me estaba metiendo.

Qué hice como reacción? Lo que cualquiera hubiera hecho en mi lugar, llevarle la contra. “No me digas lo que tengo que comer, yo sé perfectamente lo que tengo que comer, y voy a comer lo que quiera, y eso incluye todo lo que se me cruce por el camino en todo el fin de semana, y otras cosas también, que iré a comprarme adrede para mostrarte que no me controlás!” Muy racional, no? Si, yo también tengo que volver a terapia, evidentemente. Es que aunque sé que mis problemas de peso son míos, porque yo soy la que abre la boca y morfa, en el fondo reconozco el germen de mis problemas de imagen en verla ser gorda mientras yo crecía. Pobre, no? Ella seguramente luchaba con sus propios demonios, pero lamentablemente todo impacta sobre los hijos. Había un doble mensaje por ahí escondido, porque mientras nos trasmitía “querete como sos”, eso era válido siempre y cuando fueras flaca, pero si sos gorda no valés un mango. Si de chica hubiera empezado con sobrepeso el mensaje hubiera sido “ponete linda para que la gente te quiera, porque gorda sos un sorete”, que era como ella se trataba a sí misma.

Y también hay algo de competencia. Ella siempre fue gorda que yo recuerde, así que nunca compitió conmigo, porque nunca pudo. Ahora la tortilla se invirtió y de repente vuelan las hilachas por los aires… No sé. Será que la que compito soy yo? Será mi auto-estima la que está herida porque ella está flaca? Tiendo a pensar que no, porque finalmente puedo salir a la calle al lado de ella y no sentirme abochornada de que la gente nos ve y piensa “the apple doesn’t fall far from the tree”.

Fin de la digresión (y del atracón). Volví a mi rutina luego de ese fin de semana, volví a la vianda, y me dejé de joder. Y vengo bien. Hoy pesé 64,5 kg. Estoy a un kilo y medio de la meta inicial, y luego veré cómo sigue esto, si decido bajar un poco más o si decido intentar mantenerlo. Recién cuando pisé los 65 en punto dejé de sentirme horrible y empecé a verme mejor, pero sigo disconforme. Creo que la diferencia con el año pasado es que no retomé el gimnasio, y aunque la grasa disminuye, la masa muscular no se incrementa y me veo como un montón de gelatina. Ahí claramente está la meta de la etapa que se viene. 

martes, 10 de enero de 2012

Todo en regla (salvo el copeteo)


Bueno, la balanza fue benévola conmigo estos días y no hubo rebote. El domingo pesé lo mismo que el sábado y el lunes prácticamente lo mismo también, pero al menos no hubo ningún incremento.
  • Mi peso del domingo: 66,4 kg.
  • Mi peso del lunes: 66,3 kg.
  • Mi peso de hoy: 66 kg.

Cannot... help...  myself!!
Mis comidas estuvieron muy prolijas, todo en regla, recurriendo bastante a la vianda comprada porque es práctica y muy rica, sorprendentemente. El único incidente fue el domingo a la tarde, que comimos una picada con mis amigos: yo me serví rúcula, tomates cherry y champignones, hasta ahí muy bien, pero no pude evitar dos vasos de cerveza. Parece que el alcohol me puede. Mañana tengo otra salida nocturna, en la cual ya anticipo que podré controlar la morfi, pero es muy difícil que no chupe nada. Qué descubrimiento, no? Que soy más borracha que gorda?

Mañana toca anotar en la tablita, primer registro desde que empecé Ravenna y todo parece indicar que bajé 2,5 kilos. Bien por mi. Falta otro tanto más, lo cual obviamente no va a bajarse en una semana más de dieta, porque ahora la cosa se pone peluda y hay que redoblar esfuerzos sumando gimnasio, mi eterna asignatura pendiente. Y con este calor me dan unas ganas… 

jueves, 5 de enero de 2012

El "antes" y el "antes" de la gordura: comparativo entre dos gordas


Mi peso esta mañana: 67,5 kg. Descenso de 600 grs.
Mis comidas de hoy: en regla nuevamente; yogurt, café, ensalada, durazno, vianda. Compré la vianda en un lugar “no oficial”, digamos, y me parece que no tienen 150 calorías ni en pedo. Hoy me comí una de canelones de verdura que no solo eran asquerosos, sino que además el creppe era de queso (en reemplazo de la harina) y debe haber tenido muchas más calorías que lo permitido. Tengo un retrogusto horrible y siento culpa como si me hubiera comido media pizza. La verdad que para comer como la m*** y encima no bajar de peso, mejor compro las oficiales y me dejo de joder.
Estado de ánimo: sigo bastante motivada y no muy ansiosa. Hoy me fui a hacer las manos y los pies, que no sé por qué motivo, pero me hacen sentir más mujer. Así que la auto-estima está bastante mejor que la semana pasada.
Tamaño de mi orto: sin variaciones, pero noto que la cara está más angulosa. No tengo más esa retención de líquidos espantosa en la cara que me hace ver como si me hubiera puesto relleno de colágeno por todos lados. Ya se me achinan menos los ojos cuando me río.

El otro día en la clínica me pesaron y midieron todo, cintura, cola, pierna, etc. El año pasado cuando también había recurrido a ayuda profesional con esto del descenso, también me midieron toda. Así que pude comparar medidas entre dos etapas de gorda. A ver si me explico a qué voy con esto. El ejercicio de tomar las medidas del “antes” y el “después” y comparar tiene su gracia, como por ejemplo ver dónde estuvo la mayor pérdida de grasa, o si fue en general parejo. En mi caso, por ejemplo, la vez pasada, bajé creo que 1 cm de cola, y en cambio casi 26 cm de panza. Dos conclusiones: (i) la harina me elimina la cintura, y (ii) mi orto es endémico y no reduce con facilidad. Nunca llegué el año pasado a terminar de complementar el descenso con gimnasia localizada a ver si con eso se achicaba. Otra vez será, esperemos que ésta.

Pero en este caso el ejercicio de comparación que hice fue entre dos “antes”, es decir, dos reportes de gorda. Descubrí una cosa curiosa, que quizás para otra gente es evidente, pero en mi caso es una novedad: el hecho de que esté dos veces en un mismo peso no significa que mi cuerpo tenga la misma forma. Uno no engorda ni adelgaza siempre igual. En mi forma de verlo, si uno no introducía una variable exógena (como por ejemplo, no sé, ejercicio localizado en cierta zona del cuerpo) las mismas acciones no tenían por qué producir diferentes resultados. I stand corrected. Veo que esta vez mi sobrepeso está más localizado que antes en mi parte inferior, pero no solo en el traste, sino en las piernas. Como les conté en otro post, mis tobillos son inexistentes, están borrados debajo de una capa de grasa.

Conclusión: esto requiere más que sólo cerrar la boca, o voy a quedar como una masa informe de grasa. TENGO que avenirme a ir al gimnasio!!

domingo, 20 de noviembre de 2011

El dilema del supermercado: aprender a comer


Hoy estuve mucho más disciplinada que ayer, y compensé un poco el exceso de sábado. Recapitulo:
  • Desayuno: café con leche
  • Almuerzo: milanesa de soja con calabaza
  • Media tarde: dos tazas de té y un yogurt con frutillas
  • Cena: una zanahoria cruda a modo de entradita, dos salchichas light y puré de calabaza, y frutillas marinadas en jugo de naranja de postre

Lentamente voy desinflándome, aunque por supuesto no al ritmo que querría. Me mido todos los días los pantalones, esperando un cambio sustancial en mi talle, y cuando corroboro que todavía cuesta cerrarlos, me frustro. Qué falta de perspectiva, carajo! Empecé esta dieta hace (cuatro?) días –y ni siquiera pasé la prueba de hacerla al 100% el primer fin de semana que me agarró—y yo ya quiero ver resultados! Soy de terror.

Carrito fuera de control!!!!
Hoy fui al super, tarea que no solo me da fiaca sino que además me confronta con mi total ignorancia hacia cómo debería ser una alimentación balanceada. Siempre termino comprando lo mismo: una calabaza grande para hacer puré y congelarlo en porciones para toda la semana; proteínas varias para hacer con el puré, todas congelables (como salchichas light, hamburguesas light, pechugas de pollo o kani kama); lácteos varios (no puedo vivir sin leche, yogurt y queso, aunque trato de prescindir del queso) y fruta. Trato de variar el tema de los vegetales y compro alguna cosa que se pueda cocinar, fraccionar y congelar. Típicamente remolachas, espárragos, champignones, espinacas, y cuando ando con tiempo, hago lasagna de vegetales en grandes cantidades para fraccionar. Como se vino el verano, ya hay tantas frutas ricas, y no tengo que limitarme a comer manzanas y peras. Así que hoy me stockeé para la semana y compré duraznos, ciruelas, sandía y varias cosas más.

Como sigo en modo adelgazamiento, me limito a comprar esos alimentos, y está bien que no salga de ahí. No hay mucha vuelta para bajar de peso. El tema es que cuando llegué a mi peso ideal y pasé a hacer dieta de mantenimiento, me di cuenta de que no tengo training en cuestiones alimenticias.
En casa de mis padres había un repertorio de unas 15 a 20 comidas, con suerte, que iban alternándose. Muchas tarta de jamón y queso o de choclo, pastas, milanesas con puré…

Cuando me independicé y tuve que empezar a cocinarme, repetí un poco esa dinámica, aunque con un presupuesto menor, y menos tiempo. Hacer puré? Hacer milanesas? Ni hablar. Las tartas me ayudaron a zafarla bastante bien, porque hacía una tarta y comía cuatro veces (eso también tenía sus contras, porque estaba siempre comiendo lo mismo, el gran problema de vivir solo). Como ahora era yo la que elegía qué comprar, era más consciente de evitar ciertas cosas, como la crema de leche (trataba de evitar las pastas, o las hacía con salsa de tomate casera), la mayonesa (que en mi casa consumíamos por vía intravenosa, más o menos…) y los fiambres.

Cuando empecé a ganar más plata empecé a salir mucho a comer y a pedir comida hecha, tanto al mediodía como a la noche, porque además empecé a tener cada vez menos tiempo para cocinar, ya que me la pasaba laburando. Y por supuesto las largas horas de trabajo vienen acompañadas por stress, que a su vez se traduce en más comida. Por esa época estaba en pareja, y mi novio no ayudaba, sino que por el contrario por poco me metía la cuchara en la boca. No le echo la culpa a nadie, la que perdió el control fui yo, pero nuestra relación no era muy sana –ni entre nosotros, ni con la comida—y encontramos en el morfi una forma de obtener la satisfacción que nuestra relación ya al final no nos proporcionaba.

Eventualmente decidí adelgazar, y bajé mucho de peso, hasta que llegué a pesar lo que peso ahora (que hoy me parece muchísimo, pero la primera vez que adelgacé, me parecía un peso muy agradable). Por supuesto eso no duró, porque no cambié mi relación con la comida, y porque todavía tenía un montón de “rollos” (y no en la panza, justamente) que solucionar. Me tomó un año, pero fui a terapia, hice mucha introspección, entendí de dónde vienen mis mayores miedos y frustraciones con mi imagen corporal y el sobrepeso, y me saqué el lastre del ex novio, que venía arrastrando junto con los kilos.
Recién ahí adelgacé en serio (entre noviembre del año pasado y marzo de éste). Y el 2011 fue mi primer año de adulta haciendo un esfuerzo consciente de alimentarme mejor. Empecé a mirar programas de cocina para sacar ideas saludables, tomando nota de cosas básicas, desde técnicas de cocina a ingredientes desconocidos. “Uy, mirá, la mina hizo puré de coliflor, y le puso nuez moscada, y parece igualito a un puré de papas. Voy a probar de hacer eso.” No creo haber probado coliflor jamás en casa de mis padres. Bueno, durante muchos meses fui aprendiendo y llenando mi cocina de técnicas, verduras varias, condimentos, armando una alacena decente y aprovisionando el freezer de comidas hechas por mi.

Después todo el esfuerzo se me fue a la mierda, en parte por causas emocionales, porque volví a la necesidad del chupete alimentario, pero también en parte por no haber logrando encontrar un punto medio entre el modo dieta (verduritas + proteínas + frutas y yogurt) y una alimentación sana, balanceada y variada. En cuanto empecé a ir introduciendo cositas engordantes, como tostadas, mermelada, queso blanco, algún postrecito o flan light, quesos, etc., volqué. Porque no tuve punto medio. Si compraba un paquete de tostadas, me las bajaba en dos días. Si compraba un queso port salut, volaba en poco tiempo. Siempre con cosas light, pero aún con cosas así me mandaba atracones. Si hacía el postrecito de 6 porciones, me las comía a las 6 en una sentada. Y eventualmente dejé de caretearla, no fui más al super y recurrí al combo de Mc Donald’s o al kilo de helado.
My doom...
Quiero poder ser una persona normal, que compra un paquete de papas fritas por si viene gente, y efectivamente guarda el paquete en la alacena hasta que vienen visitas, y no se lo come apenas llega del supermercado. Quiero poder comprar cosas engordantes y dosificarlas en forma moderada. ¿Por qué no puedo tener 200 grs de pategras en la heladera por si una noche me quiero comer un cachito con una copa de vino? ¿Por qué hasta que no se acaba, no lo dejo en paz al pobre queso? (Noto que mis ejemplos vienen mucho por el lado de los quesos…).

Creo que si logro adelgazar y mantenerme, sólo va a ser cuando pueda lograr este equilibrio. La mitad de los blogs que leo dicen que el equilibrio lo logran de dos formas: (i) eliminando ciertos alimentos gatillo (en muchos casos, el gluten); o (ii) haciendo varias sesiones de ejercicio por semana. Vamos a ver qué adopto yo. Sé que tengo una asignatura pendiente con el deporte, un poco por falta de tiempo y otro sencillamente porque lo odio. Eventualmente me avendré a ir al gimnasio, baby steps. 

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Corte - día 2


Ok, segundo día de desintoxicación… exitoso! Hoy comí:
  • Desayuno: un café con leche y un yogurt light con colchón de frutillas
  • Almuerzo: algo así como una lasagna de vegetales (básicamente vegetales grillados apilados y un poco de queso)
  • Media tarde: un café con leche, un durazno, y luego otro café con leche
  • Cena: una salchicha light, dos espárragos, media remolacha y puré de calabaza
Yes I did!!
Puedo decir que estoy mucho más tranquila. Aunque pasé momentos de mucha hambre, ya me siento menos ansiosa. Hasta diría que estuve más productiva en el trabajo que lo que he estado ultimamente. Recuperando lentamente una sensación de control sobre mi misma.

No logré cumplir mi objetivo de no pensar todo el día en el sobrepeso, sin embargo. Arranqué la mañana con 20 minutos de probarme ropa que me aprieta, sin encontrar qué ponerme. Definitivamente no me había dado cuenta que había engordado, me dejé estar, y mucho. Me probé un par de polleras “de gorda” que casi había descartado que jamás volvería a usar, y de pedo que me cierran. Quepo, pero me siento una ballena embarazada. Así que me puse mi uniforme de siempre, uno de los dos pantalones que me entran y no me dan ganas de llorar cuando me miro al espejo.

Hoy agarré la tablita en la que el año pasado, semana a semana, fui anotando la evolución (¿o involución?) de mi peso. Anoté lo que peso hoy y voy a empezar a registrar mi peso en ese papelito semanalmente. Un poco para matar la ansiedad, y no estar pensando en la evolución del peso de forma diaria. Eso no significa que no me vaya a pesar todos los días (es la única forma de mantener la gorda a raya), pero me pone en perspectiva un poco de que la dieta es algo que toma tiempo, que hay que sostener con paciencia. Típico de gordo que uno se deja estar meses y meses, y cuando finalmente decide adelgazar, quiere todo ya! Es mi caso, por supuesto: quiero bajar en dos patadas todo mi sobrepeso; quiero retomar el gimnasio y correr lo que corría antes, a pesar de que ya no tengo estado; quiero tonificar todos los músculos caídos, particularmente el traste, que está chocando con los talones; quiero salir a comprarme ropa de flaca. Y van dos días de dieta. A duras penas. Tranquila, nena, bajá un cambio.

Así que tengo que tomármelo con un poco más de calma, o en dos días más tiro todo por la ventana, frustradísima. Por lo pronto, esta noche voy a revolver mi placard y encontrar qué ponerme mañana, así no repito el mini meltdown de esta mañana.